Reflexiones desde la UNESCO Digital Learning Week 2026
Hay experiencias que comienzan mucho antes de llegar al lugar donde suceden.
La experiencia de participación en la Digital Learning Week 2026 de la UNESCO comenzó con una invitación de la Dra. María Soledad Ramírez-Montoya, responsable de la Cátedra UNESCO Movimiento Educativo Abierto para América Latina, para que estudiantes de Maestría de la Benemérita Escuela Normal de Coahuila (BENC) participaran en el UNOE Fellowship Program. Los directivos y un equipo de docentes de la BENC confiaron en mí y en mis compañeras y nos consideraron para participar en el Fellowship Program que nos permitió participar en esta experiencia internacional que nos llevó hasta París. Detrás de nuestra participación hubo orientación, acompañamiento y, sobre todo, la oportunidad de formar parte de una comunidad que apuesta por la educación abierta, la colaboración y la construcción colectiva del conocimiento.

Experiencia que hasta entonces, parecía distante, casi como uno de esos acontecimientos que observamos desde lejos y pensamos que pertenecen a otros lugares, a otras personas, a otras realidades y sin embargo, ahí estábamos, en París. Participando en la UNESCO Digital Learning Week 2026.
Para una maestra de educación primaria en México y actual estudiante de maestría llegar a un espacio internacional de esta magnitud representa mucho más que trasladarse de un país a otro, es atravesar también, una frontera intelectual, es descubrir que aquello que sucede todos los días en nuestras aulas forma parte de conversaciones mucho más amplias sobre el futuro de la educación y quizá por eso, mientras escuchaba las distintas intervenciones, no pude evitar sentirme como un pequeño barco en medio de nuevos horizontes.
No era una sensación de pequeñez como sinónimo de incapacidad, sino la conciencia de estar frente a un océano inmenso. Un océano de conocimientos, investigaciones, experiencias, proyectos, preguntas y posibilidades que se extendían mucho más allá de lo que hasta entonces había alcanzado a imaginar.
Esta experiencia fue posible gracias a la beca otorgada por la William and Flora Hewlett Foundation, con la coordinación de la University of Nantes, que hizo posible nuestra participación en la UNESCO Digital Learning Week 2026 en París. Más que un apoyo económico, aquella beca representó una puerta de entrada a un espacio internacional donde pudimos escuchar, dialogar y compartir nuestras propias experiencias educativas.
La inteligencia artificial y la pregunta por la humanidad
Tuvimos el honor de presenciar y participar en una reunión con el equipo de UNESCO y del UNOE Fellowship Program, en la que se compartieron los resultados y experiencias del trabajo realizado durante el programa, así como proyectos relacionados con UNITWIN y las Cátedras UNESCO. El encuentro permitió intercambiar opiniones, preguntas y perspectivas entre participantes de distintos contextos, además de dimensionar las acciones, programas y planes de trabajo que se desarrollan en colaboración con instituciones, docentes e investigadores.

La inteligencia artificial atravesó gran parte de las conversaciones, pero lejos de encontrar únicamente fascinación por la tecnología, encontré algo que considero mucho más importante: preguntas. Preguntas sobre ética, acceso, equidad, formación docente, diseño, costos e infraestructura, preguntas que permitían mirar la inteligencia artificial no solo desde sus posibilidades, sino también desde las condiciones necesarias para que su incorporación en la educación sea responsable, pertinente y verdaderamente inclusiva. Sobre la capacidad de los sistemas educativos para adaptarse y el lugar que queremos que ocupe la inteligencia artificial en nuestras sociedades. Hablar de IA en educación no puede reducirse a preguntarnos qué herramienta utilizar o qué plataforma incorporar. La discusión es mucho más profunda.
Si la inteligencia artificial puede producir información, entonces debemos fortalecer nuestra capacidad para analizarla. Si puede generar contenidos, necesitamos formar personas capaces de cuestionarlos. Si puede automatizar determinados procesos, debemos preguntarnos qué tareas vale la pena automatizar y cuáles requieren precisamente aquello que nos hace humanos: el juicio, la empatía, la creatividad, la interacción y la comprensión del contexto.
Por eso, cuando pienso en el futuro de la educación, no imagino una escuela reemplazada por tecnología. Imagino una escuela donde la tecnología pueda ampliar las posibilidades humanas sin desplazar la esencia del acto educativo.
De los recursos abiertos a las comunidades abiertas
Esta experiencia también fortaleció una convicción que ha acompañado mi trabajo: el conocimiento adquiere mayor valor cuando puede compartirse, transformarse y ponerse al servicio de otros.
Esta idea está profundamente vinculada con mi propia investigación, Toward Open and Inclusive Teacher Education in Artificial Intelligence Environments: A Cross-Sectional Descriptive Correlational Study, en la que analicé las competencias relacionadas con la educación abierta en estudiantes de formación inicial docente, particularmente en torno al acceso inclusivo al conocimiento y los Recursos Educativos Abiertos (REA). A través del estudio exploré dimensiones relacionadas con el desarrollo de capacidades, las políticas, el acceso inclusivo, la sostenibilidad y la cooperación, buscando comprender qué tan presentes se encuentran estas competencias en quienes se están formando para ejercer la docencia.
Durante la UNESCO Digital Learning Week 2026, muchas de las conversaciones que presencié dialogaban directamente con estas preocupaciones. Participé como oyente en espacios como Curriculum and Learning Design in the Age of AI, donde se discutió cómo enseñar sobre IA, enseñar con IA y repensar el diseño del aprendizaje ; Putting Teachers in the Lead : Designing AI Tools from Classroom Realities, que colocó las experiencias y necesidades de los docentes como punto de partida para el diseño de herramientas de IA; y Where Frameworks End and Teaching Begins, que permitió reflexionar sobre la distancia entre los marcos conceptuales y la complejidad de la práctica educativa. Estas discusiones me llevaron a pensar nuevamente en la formación docente: no basta con que los futuros maestros conozcan nuevas tecnologías; necesitan desarrollar criterios para decidir cómo, cuándo y con qué propósito utilizarlas.
También presencié conversaciones relacionadas con Strengthening Gen AIA Responsiveness for University Teachers: Framework and Cases y Transfor Ming Higher Education in the Age of AI: Mapping the Issues, que ampliaron mi mirada hacia los desafíos que la inteligencia artificial plantea para las instituciones, la formación de profesores y los procesos de enseñanza y aprendizaje. De manera particular, la sesión Frugal AI for Equitable Learning: Small Models, Offline Solutions, Wider Access me hizo pensar en una cuestión estrechamente relacionada con la educación abierta: la innovación pierde parte de su sentido si las condiciones para acceder a ella continúan siendo profundamente desiguales. La discusión sobre modelos pequeños y soluciones que puedan funcionar incluso en contextos con limitaciones de conectividad mostró que la equidad también debe formar parte del diseño tecnológico.
Todas estas conversaciones encontraron un punto de encuentro con mi investigación. Si la inteligencia artificial está modificando las formas de producir, acceder y compartir conocimiento, entonces resulta indispensable fortalecer las competencias de los docentes para participar críticamente en estos procesos. Y, en ese escenario, los Recursos Educativos Abiertos adquieren una relevancia particular: no se trata únicamente de encontrar materiales disponibles gratuitamente, sino de comprender sus condiciones de uso, las licencias abiertas, las posibilidades de adaptación y redistribución y, sobre todo, la responsabilidad que implica compartir conocimiento.
Además, tuve la oportunidad de trabajar y convivir con compañeras provenientes de distintos contextos, entre ellos Uruguay, Nantes, Brasil, Arabia Saudita y México. Algunas pudimos encontrarnos presencialmente en París, mientras que otras, aunque no pudieron asistir físicamente, continuaron participando y colaborando en los trabajos. Esta experiencia hizo tangible para mí aquello que tantas veces había estudiado desde la teoría: una comunidad abierta puede construirse más allá de las fronteras y de la presencialidad. Puede surgir cuando diferentes personas aportan conocimientos, experiencias y perspectivas para construir algo en común.
Por eso, mi experiencia en París me llevó de pensar en los recursos abiertos a pensar en las comunidades abiertas. Porque un REA puede ser un punto de partida, pero es la colaboración la que permite que ese conocimiento viaje, se adapte a otros contextos y genere nuevas posibilidades. Y quizá uno de los mayores aprendizajes de esta semana fue comprender que la transformación educativa no ocurre únicamente desde las grandes instituciones o los organismos internacionales. También nace desde las aulas, desde una maestra que comparte una estrategia, desde un estudiante que encuentra una nueva manera de aprender, desde una investigación que identifica una problemática y desde una comunidad que decide poner en común lo que sabe.
Abrir el conocimiento, entonces, también significa abrir caminos. Y quizá eso sea lo que más me llevo de esta experiencia: la certeza de que no necesitamos navegar solos. Podemos compartir mapas, construir redes y aprender de quienes navegan desde otros lugares. Porque cuando una experiencia, una investigación o un recurso se comparte, deja de pertenecer únicamente a quien lo creó y comienza a formar parte de una comunidad capaz de transformarlo y llevarlo mucho más lejos.
Lo que me llevo para compartir al volver a casa
Una parte importante de esta experiencia fue escuchar y conocer propuestas que muestran distintas maneras de incorporar la tecnología y la inteligencia artificial en educación. Entre las sesiones que más llamaron mi atención estuvieron:
“The UNESCO AI Competency Frameworks in Practice”, que permitió conocer cómo los marcos de competencias en inteligencia artificial pueden llevarse a la práctica educativa y orientar el desarrollo de capacidades en docentes y estudiantes.
“Human-Centered AI for Inclusive Education”, una propuesta que puso en el centro a las personas y la inclusión al abordar el uso de la inteligencia artificial en educación, resaltando la importancia de diseñar soluciones que respondan a necesidades educativas reales.
“Expanding Access to Personalized Feedback Through Simulation-Based Learning”, que presentó posibilidades para ampliar el acceso a retroalimentación personalizada mediante experiencias de aprendizaje basadas en simulación.
“Gamification Platform Built by Teachers Using AI for Environmental Action”, donde conocimos Eco-In Project, una iniciativa desarrollada por docentes coreanos de educación primaria que integraron gamificación e inteligencia artificial para trabajar temas relacionados con el medio ambiente y promover la participación de los estudiantes en acciones de carácter ambiental. Me resultó especialmente significativo observar cómo una propuesta creada por maestros desde el aula puede convertirse en una experiencia innovadora con apoyo de la tecnología.
“Making Climate Education Tangible Through Microclimate Adaptive Learning”, que abordó nuevas formas de acercar la educación climática a los estudiantes mediante experiencias vinculadas con su entorno y con condiciones microclimáticas.
Fueron solo algunas de las muchas propuestas que pude escuchar durante la semana. Cada una mostró, desde diferentes perspectivas, que la innovación educativa no depende únicamente de incorporar nuevas tecnologías, sino de encontrar formas pertinentes de utilizarlas para responder a necesidades concretas. Son experiencias que quiero llevar conmigo de regreso a México, continuar explorando y compartir con las comunidades educativas mis aprendizajes y hallazgos.
El pequeño barco
Hubo momentos durante esta experiencia en los que volví inevitablemente a la imagen de un barco. Un pequeño barco frente a un horizonte enorme. Así me sentí al escuchar a especialistas de diferentes partes del mundo hablar sobre problemáticas que, aunque forman parte de mis intereses académicos, apenas comenzaba a dimensionar desde otras perspectivas. Cada panel, cada investigación y cada conversación parecía ampliar un poco más ese horizonte. Había nuevas preguntas sobre inteligencia artificial, educación, currículo, evaluación, formación docente, acceso al conocimiento y especialmente, sobre los caminos que debemos construir para que la transformación digital sea también una transformación educativa más abierta e inclusiva.
Pero hubo un momento en el que ese barco dejó de ser únicamente una metáfora para observar el mundo y se convirtió en una oportunidad para poner mi propio conocimiento en movimiento: compartir mi investigación.

Presentar mi trabajo en un espacio internacional fue una experiencia profundamente significativa. Detrás de esa presentación existía también el acompañamiento y la confianza de un equipo de doctores que hicieron posible este camino, quienes me impulsaron y apoyaron para llevar hasta París una investigación que nació desde mi contexto de formación docente en México, la BENC. Explicar una investigación propia frente a personas de diferentes contextos tiene algo que te obliga a volver a mirar aquello que creemos conocer.
Cuando presentamos nuestro trabajo, esperamos preguntas sobre la metodología, los resultados o las decisiones tomadas. Pero algunas preguntas hacen algo más profundo, nos hacen cuestionarnos a nosotros mismos. Cada interrogante abría una posibilidad, algunas preguntas me hicieron pensar en aspectos que no había considerado inicialmente; otras permitieron encontrar puntos de encuentro con investigaciones y experiencias distintas, algunas más dieron lugar a ideas que pueden fortalecer futuras etapas de mi trabajo. En ese intercambio comprendí que investigar no significa construir respuestas definitivas, sino entrar en conversación con otras miradas para permitir que nuestras propias ideas continúen evolucionando.
Y fue precisamente en esas conversaciones donde la educación abierta adquirió para mí un significado todavía más concreto. Al dialogar sobre mi investigación, pude observar algo que considero especialmente relevante, no todas las personas vinculadas con la educación conocen con profundidad qué son los Recursos Educativos Abiertos, qué implica realmente que un recurso sea abierto o cuáles son las condiciones necesarias para compartir, adaptar y reutilizar materiales educativos.
Algunas conversaciones partieron incluso de descubrir que un recurso disponible gratuitamente en internet no necesariamente es un Recurso Educativo Abierto. Esto puede parecer una distinción sencilla, pero en realidad implica una comprensión más profunda del conocimiento y de sus posibilidades de circulación.
Hablar de REA significa también hablar de licencias abiertas, de derechos de autor, de posibilidades de reutilización y adaptación, y de las distintas formas en que un recurso puede ponerse a disposición de otras personas. Significa comprender que la apertura no se limita al acceso gratuito, sino que está relacionada con las condiciones que permiten que el conocimiento pueda ser utilizado, transformado y compartido de manera legal y responsable.
Las conversaciones me llevaron también a recordar las recomendaciones internacionales que han impulsado la educación abierta y, particularmente, la importancia que la UNESCO ha otorgado a los Recursos Educativos Abiertos como una vía para favorecer un acceso más equitativo al conocimiento, fortalecer las capacidades de docentes y estudiantes y promover la cooperación y el intercambio de recursos.
Descubrir que algunas de estas ideas todavía no eran ampliamente conocidas me produjo una reflexión importante. Quizá una de las tareas que tenemos por delante no consiste únicamente en crear más recursos, sino en fortalecer la cultura que permite comprenderlos, utilizarlos, adaptarlos y compartirlos. Porque no basta con abrir un recurso si quienes podrían beneficiarse de él desconocen que existe, no saben cómo utilizarlo o no conocen las condiciones bajo las cuales pueden modificarlo y volver a compartirlo.
La educación abierta, entonces, también requiere formación. Requiere alfabetización sobre licencias, conocimiento sobre derechos de autor y competencias digitales, pero, sobre todo, requiere una cultura de colaboración. Y ahí encontré una conexión especialmente poderosa con las conversaciones sobre inteligencia artificial que atravesaron la semana.
En un momento en que la inteligencia artificial está transformando la manera en que producimos, buscamos y compartimos conocimiento, comprender qué significa que un contenido sea abierto se vuelve todavía más importante. Las posibilidades tecnológicas pueden ampliar enormemente nuestra capacidad para crear y distribuir materiales educativos, pero también nos obligan a preguntarnos por su autoría, sus fuentes, sus licencias, su calidad y las condiciones bajo las cuales pueden ser reutilizados.
Por eso, salir de mi presentación con nuevas preguntas fue quizá uno de los aprendizajes más valiosos. Mientras avanzaban las sesiones, aquel sentimiento inicial comenzó a transformarse. El barco seguía siendo pequeño. El océano seguía siendo inmenso. Pero ahora sabía que había más rutas, más puertos y más posibilidades de navegación.
Comprendí que no necesitaba conocer todo el océano para comenzar a recorrerlo. Necesitaba estar dispuesta a escuchar, preguntar, aprender y compartir el camino con otros. A veces, crecer profesionalmente significa precisamente aceptar que todavía tenemos mucho que aprender. La experiencia internacional no disminuyó mi certeza sobre lo que sé; amplió mi conciencia sobre todo aquello que todavía quiero conocer.
Y esa conciencia se convirtió en motivación. Motivación para investigar más, para leer más, para preguntar, para experimentar y para fortalecer mi formación. Motivación para continuar profundizando en la educación abierta y los Recursos Educativos Abiertos, pero también para regresar a mi contexto y preguntarme qué puedo hacer con todo aquello que escuché, vi y sentí.
Porque no quería que París se quedara solamente como un enorme recuerdo. Quería que lo aprendido regresara conmigo. Que las preguntas viajaran de vuelta. Que las conversaciones se transformaran en acciones. Que los conocimientos compartidos encontraran nuevos espacios y que las experiencias que tuve la oportunidad de vivir pudieran convertirse, de alguna manera, en oportunidades para alguien más.
Y quizá ahí comprendí algo esencial sobre la educación abierta: abrir el conocimiento también significa abrirnos nosotros mismos a la posibilidad de aprender de los demás. Un recurso puede compartirse, una investigación puede discutirse, una idea puede transformarse y una pregunta puede viajar de un país a otro. Cuando eso sucede, el conocimiento deja de permanecer en un solo lugar y comienza a construir comunidad.

Por eso, hoy miro nuevamente aquella imagen del pequeño barco. Ya no lo veo detenido frente a un océano desconocido, sino navegando en él, consciente de que todavía existen muchas rutas por descubrir. Necesitamos la disposición para aprender de quienes ya han recorrido algunas de sus aguas, compartir nuestras propias experiencias y construir, entre todos, nuevas rutas hacia una educación más abierta, inclusiva y colaborativa.
Porque cuando encontramos una nueva ruta, quizá nuestra mayor responsabilidad no sea guardarla para nosotros, sino dejarla abierta para que alguien más pueda recorrerla.
El viaje continúa
Regresé de París con nuevas preguntas y aprendizajes sobre los retos y oportunidades que enfrenta la educación ante la inteligencia artificial, la educación abierta y la transformación digital. La UNESCO Digital Learning Week me permitió conocer otras perspectivas, compartir mi investigación y reconocer el valor de colaborar con docentes, estudiantes e investigadores de distintos contextos. Ahora regreso a México con nuevas ideas para seguir aprendiendo, investigando y compartiendo con las comunidades educativas los hallazgos y aprendizajes de esta experiencia, llevándolos también a mi práctica educativa. El viaje termina, pero el trabajo continúa.
Agradecimientos. Esta experiencia se desarrolló en el marco del Proyecto UNOE Student Fellows Project, financiado por la William and Flora Hewlett Foundation y coordinado por la Universidad de Nantes. Se agradece el apoyo brindado para impulsar la formación, la investigación educativa y la innovación, mediante la educación abierta. Asimismo, se reconoce a la Benemérita Escuela Normal de Coahuila por su acompañamiento institucional y por promover el desarrollo de competencias investigativas.
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Un pequeño barco frente a nuevos horizontes
» de Yaretzy Gabriela Calamaco Munguia está bajo licencia CC BY 4.0


